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Quiero compartir ésta clara evidencia, con quines de las diversas maneras coinciden, de que son y somos habitantes del Barrio “Bonanza”, (Urbanización casa Tuya) en este sector de Calderón, muchos son dueños de casa, pero avanzados, ocupados, gente de trabajo como en todas partes, con uno que otro descortés que a veces infunden desconfianza. Pero como ahora se ha puesto de moda los mandatos, de los Burgomaestres, en Guayaquil y Quito, nuestra ignorancia humana confiamos a la Asamblea Nacional Constituyente, sin vernos en la necesidad de acuñar mayor importancia al Paco. Porque su deber es atender a la ciudad, no confrontarlo, ni disociarlo. Suficientes es que, gracias a sus administraciones podemos contar con rótulos en cada kilómetro, cuadra o metro de sus pomposas “obras”, cien metros de adoquinado con aporte económico de sus moradores y el esfuerzo físico de los mismos, cuesta abajo o cuesta arriba, aunque la publicidad sea monopolio de la popularidad que se jacta el “Chapa”. Gestión utilitaria que al menos involucra a sus propios habitantes en las obras de campaña y en el posterior cuidado por el esfuerzo que representa. Creo que es loable enseñar a los conciudadanos -pero enseñar- a cuidar lo que cuesta, pero lo cursi es que aunque lo cuide una “obra” por su consistencia endeble no dura. Un ejemplo es el puente a desnivel que va del parque de Calderón a la Capilla, cuyo monto desconocemos pero que fue obra de Jamil Majadad, construído a toda prisa y que hoy sus arrugas muestran el vacío conciente de su fe a punto de colapsar. Aunque no se sabe con exactitud a quién corresponde dar cuentas o a quien corresponde pedirlo. Solo podemos acertar de modo contemplativo que desde hace algún tiempo algunos de los “chapas” incursionando en la política, se han vuelto con una arrogancia cínica que todo creen que el pueblo los respalda, los apoya, los ovacionan. Y no es todo color de rosas porque sabemos que aunque se vistan de corbata siempre sienten que les pesan las botas. Ahí está; cuando el Moncayo entró de Alcalde arremetió con el comerciante informal, privatizó los espacios públicos; plazas, calles, parques con el vil pretexto de la “seguridad ciudadana”, se incrementaron las guardianías privadas, se beneficiaron los otros que a su lado sirven de intermediarios de los “servicios” que requiere el Municipio, un ejemplo es el carácter inhumano de la Policía Metropolitana para acosar a las moteras, a los vendedores de manzanas, de uvas, de tostado con chochos, a todos los que salen a buscar su vida en la esquina de este mundo perverso en el que unos pocos privilegiados desde el escritorio disfrutan con un sueldo seguro, con negocios que aseguran a los suyos, pateando a los que le eligieron, cobrando impuestos sobre impuestos a más del presupuesto entregado por los gobiernos de turno a los municipios. Y sin embargo, no todos los barrios de Quito son o hacen parte de ese Municipio. En otros sistemas se podría decir con un sentido de pertenencia, “nuestro Muicipio”, pero lamentablemente es de Moncayo. De Calderón a la Capilla hay tres rótulos, total de obras suponen tres, casi una magnitud que cualquiera se pregunta ¿cuánto costará cada publicidad y cuánto cada 100 metros de adoquín?. Lo que quiero decir es que las instituciones del Estado deben ser más austeras, menos derrochadoras en asuntos vanales. Porque no hace falta hacer reconocer una obligación con la insensatez de colocar anuncios. Sabido es que aunque brillen los enormes latones de publicidad, el dinero no deja de ser inversión de quienes lo habitan cada rincón urbano. Pero nadie pide este tipo de cuentas, todos nos conformamos con ver los anuncios, en colores azul y rojo, mientras la “generosidad de la política” o del gendarme haga presencia con su retórica de “participación ciudadana” y trabajo mancomunado con la comunidad. El 15 de febrero del presente año, se hizo circular un formulario, para actualizar los datos de vivienda que no se sabe, si es solo en Bonanza o en todo Quito, en el que no se acompaña una explicación que sustente su emisión. La única noticia que llega es que manda el Municipio y hay que dejar lo más urgente en cada administración zonal. ¡O sea manda el Papá o el patrón!, por ordenanza o por ley, con la ingrata sospecha de que la paz de los humildes se ve alborotada al presagiar un impuesto mayor a los predios que no ha sido obra pública de un Alcalde, ni regalo navideño del Pascuero en cada navidad. De todos modos lo que se quiere es que las instituciones reconozcan el esfuerzo denodado que a cada quien, lo hace merecedor de vivir sin la imposición constante de quienes no lo han contribuido en la construcción de una modesta vivienda. Cuando cosas como éstas pasa, hace suponer que es mejor pagar un arriendo que tener una casa propia, hace suponer muchas cosas, incluso que esa es una tarea mercantil del dueño de la ciudad para violentar los ánimos de quien no lo espera, sino un mayor respeto al derecho de vivir en paz. Las calles en este invierno sobre todo, son camellones o chaquiñanes por donde amerita andar a pata llucha. Lo malo es que los callos débiles de quienes nos acostumbramos muy temprano a los zapatos, no resisten. Aquí quepa a los pobres, volver al pasado del uso de llamas y burros; y para evitar que se acabe el calzado arremangar el pantalón, echar sobre el pantano estos pies amoratados por la inclemencia del tiempo en esta nueva era de la proximidad dislocada que nos exige el calentamiento global. Ni el guagua, ni el taita alcalde mientras no hayan intereses electorales inmediatos, no discuten por una equidad de implementar igual, igual los recursos a todos los sectores y barrios. Entonces: ¿hay que seguir en la vieja costumbre de salir a gritar implorando esa voluntad ajena que pesa en las incoherencias de un vicio manipulador para ser escuchados? Juan Emar |