| on 11-07-2008
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http://www.eltelegrafo.com.ec JUAN COCCO
Un fantasma recorre Europa: es el fantasma de la inmigración. La paráfrasis al célebre comienzo del Manifiesto Comunista no es caprichosa. Los presidentes del Viejo Continente debatieron, semanas atrás, si condenaban a sus pueblos a la urna funeraria o a los extranjeros al ostracismo en los campos de confinamiento. Y han elegido ambas opciones.
Como las dos flores blancas marchitas que trajo desde el futuro el viajero del tiempo en la novela del inglés Herbert George Wells, el Parlamento Europeo aprobó la Directiva de Retorno y revivió un monstruo que tanto sufrimiento trae al mundo: el patológico desprecio por el otro y su aniquilación como solución final.
La medida de la Unión Europea, que permite la detención por 18 meses de “inmigrantes sin papeles” (incluso de niños) en centros construidos especialmente para ese fin, coquetea con los discursos de la biología social del siglo XIX, se florea en los ignominiosos pasillos del racismo y se aventura en la búsqueda de la quimérica cuarta dimensión, un artilugio matemático que en la realidad intenta traducir la biopolítica.
La tetradimensión espacial, una más a las conocidas anchura, altura y profundidad, salvaría a los líderes de la Europa desarrollada de este fervor xenófobo y le permitiría hacer aparecer y desaparecer inmigrantes según su capricho y necesidades del mercado de trabajo, al mejor estilo del ilusionista Harry Houdini.
Pero estas soluciones sólo son posibles en el literario universo de Wells, mientras en el mundo tridimensional de carne y hueso son la ley y el ejercicio del poder los encargados de regularizar las poblaciones.
El biopoder de los Estados europeos ha operado como un anzuelo para inmigrantes durante los últimos años, como una especie de Caballo de Troya al revés. La necesidad de una masiva mano de obra convocó y luego precarizó a miles de personas de países emergentes, ante una escasez de nacimientos que acerca al continente a la pirámide poblacional llamada, por su figura, urna funeraria: pocos nacen, pocos mueren.
Precisamente, para sostener el nivel de vida de los más ancianos, se ha incentivado la emigración hacia los países de la Unión Europea, donde se calcula que viven ocho millones de inmigrantes sin permisos para trabajar (y que miles de europeos contratan diariamente).
La estrategia de los países desarrollados fue muy exitosa durante estos años. Un informe sobre las Finanzas Públicas de la Unión de 2008 reveló que la contribución de los emigrantes al crecimiento económico español, por ejemplo, fue superior a la de los nativos.
El estancamiento económico y la inflación en Europa, empero, han disparado un discurso de odio hacia los inmigrantes, a quienes se acusa de usurpar los puestos de trabajo que, se asegura, corresponden a los “ciudadanos”. La derecha europea, liderada por el hiperactivo Nicolas Sarkozy y Silvio Berlusconi, ha sabido leer con perspicacia esta situación y la ha aprovechado para construir poder.
Sin embargo, en este ejercicio del biopoder por parte de los líderes de la Unión Europea para la regulación de la vida de la población extranjera pernocta un impulso atávico del nazismo: “Exponer a su propia raza al peligro universal de la muerte”, en palabras de Michel Foucault.
La reflexión también sirve para los líderes de América Latina, que han alzado sus voces contra la Directiva de Retorno, pero que no han hecho su autocrítica de por qué millones de compatriotas debieron emigrar para conseguir un empleo fuera de sus países.
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