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Luis Ángel Saavedra - INREDH
Por esas cosas de familia que nunca hacen saber a los niños, llegué a vivir
en Tabacundo, actualmente a una hora al norte de Quito; en ese entonces a
tres horas en un bus destartalado que salía a las tres de la mañana y en
donde todos los pasajeros debíamos apiñarnos con maletas, ponchos, costales
de granos y las ráfagas de viento que se descolgaban del nevado Cayambe.
Tenía ocho o nueve años, era el año en que el Bombita derrocó a Velasco
Ibarra por lo que en la escuela nos dieron vacación. Estaba en quinto grado
y también era la época en que no había jardín de infantes, o pre-escolar,
como lo dicen ahora.
El primer día de escuela me sorprendieron con una pregunta: ¿era de la Liga
o El Nacional?. Dije del Nacional, porque me sonaba más a país. En el
recreo siempre los encuentros de futbol eran Liga contra Nacional: no había
otra opción.
En el primer partido, del primer recreo, del primer día de escuela, me
sorprendieron nuevamente: la mayoría de jugadores se sacaron los zapatos
para jugar. Luego supe que era la forma de conservar los zapatos pues no
había dinero para comprar otros; pero también supe que a los que no nos
sacábamos nos tildaban de burro con herraduras.
Como a la semana de empezada las clases, o quizá más, llegó otro niño,
llevaba una vieja funda de tela a un costado y un cuaderno. No recuerdo su
nombre, pero recuerdo con toda claridad su apellido: Cabascango.
Cabascango llegaba tarde casi siempre, y casi siempre era castigado con un
jalón de orejas, con un reglazo en la mano o con un correazo en las nalgas.
No lo castigaban por atrasado; lo castigaban por vago, por testarudo, por
imbécil; lo castigaban porque siempre se justificaba diciendo: es que tuve
que ir a dejar a los wagras al potrero. Eterna disculpa, y eterna maldita
palabra por la que debía soportar los latigazos.
Era tan imbécil que no podía decir toros, era tan retardado que no podía
aprenderse, aunque sea de memoria, una sola frase: es que tuve que ir a
dejar a los toros, o a las vacas, o a los chivos, o a cualquier mierda de
animal que no sean los fastidiosos wagras (o guagras, o huagras; no sé como
se escribe).
Cuando tocaba reglazo, Cabascango estiraba su mano firme, no pestañaba,
recibía el castigo y no mostraba dolor, luego iba a su asiento y se mantenía
callado. De reojo, lo veía como se fregaba la mano para mitigar el dolor que
sí existía.
Un día el profesor revisó pañuelos. Todos debíamos llevar un pañuelo
limpio, planchadito, impecable. Ese día no lo llevé. Cabascango tenía uno
que parecía trapo de fregadero. Reglazo para los dos. Doble reglazo para mí
porque, del miedo, retiré la mano al primer intento: entonces supe lo
doloroso que era aquello. Desde entonces cada reglazo que recibía Cabascango
me recordaba mi propio dolor y me imaginaba que salía a defenderlo, me
imaginaba que mordía al profesor, que lo pateaba en los tobillos, que lo
ponía zancadillas; esperaba cada vez que el profesor jugaba futbol para
caerlo a patadas.
Un día Cabascango no vino a clases. Otra vez los wagras, pensé; pero no vino
tampoco al día siguiente, no vino toda la semana. El profesor preguntó si
alguien sabía donde vivía. Nadie lo sabía.
Volvió una semana después, demacrado, había burlado a la muerte que le quiso
sorprender con una pulmonía.
¿Como estás?, le pregunté en el recreo. Me miró con desconfianza; de lo que
recordaba, nadie le había hablado hasta entonces, quizá porque llegaba tarde
a la escuela y salía corriendo no más repicaba la campana para la salida a
casa.
Desde ese día empezamos a hablar; luego me llevó a su casa. Era una choza
con tapiales gruesos y cubierta de paja; muy obscura, con una mesa en el que
ponían un mechero para hacer los deberes.
En esa choza aprendí que no solo había wagras, sino que eran caris y warmis,
aprendí que al espanto se lo cura con flores y huevos, que tenía un shungo
que más tarde me harían doler las warmis; aprendí que también yo era un runa
y que ango es una familia de taita Atahualpa; aprendí que el ari y el mana
no son una oposición, sino un complemento. Aprendí que un papel blanco
clavado en el tapial con puntas de penco significaba que en esa choza había
pan de venta, y que una bandera roja significaba carne. Aprendí que hay una
lengua y una iconografía que ha permanecido en el tiempo pese a los
latigazos. Aprendí a decir diosolopay a la tierra, esa rara palabra que
nunca supe de donde venía pero que significaba dios se lo pague, aunque se
trate de un dios ajeno.
Un día Cabascango definitivamente dejó de ir a la escuela, más pudo la
necesidad que las letras y el idioma ajeno. Fui a verlo a su choza, me dijo
que había que trabajar, que los runas solo habían nacido para eso, que esa
era la voluntad de dios.
Desde ese día me quedé huérfano de un idioma, y es la misma sensación que
ahora tengo con la decisión trasnochada de los burros con herraduras,
seguidores de quien ha hecho de la plurinacionalidad tan solo una moda, de
quien apeló a la iconografía y el idioma indígena tan solo para promocionar
una imagen vacía.
No sé donde está ahora Cabascango, pero donde quiera que esté, sé que estará
hablando su idioma y que no habrá Constitución que pueda negarlo.
Ahora hemos dado un paso atrás, pero la regla y el látigo un día cederán
ante las miles de voces diversas.
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