Desde su primera campaña –y ya van varias ¿o ha sido una sola?- el Presidente Correa se ha preocupado con acierto de la situación de los migrantes ecuatorianos desperdigados por el mundo. Lo ha hecho con buena intención y mucho voluntarismo. Pero ...
Nada más justo que atender a aquellos compatriotas que se vieron obligados a dejar el país debido al atraco bancario, a la quiebra de la economía, a la desinstitucionalización, a la falta de trabajo, a la corrupción y, sobre todo, a la carencia de expectativas. Días atrás, la Secretaría del Migrante presentó en Madrid el denominado Plan de Retorno. La propuesta está llena de buenas intenciones, de estímulos para alentar a los ecuatorianos a regresar, de ofrecimientos y hasta de compensaciones. Las primeras reacciones de los emigrantes, según recoge la prensa, no fueron tan auspiciosas, lo cual no sorprende en la medida en que hay una natural desconfianza hacia el Estado que tanto les defraudó.
No quiero parecer aguafiestas pero la posibilidad de que nuestros migrantes retornen es utópica. Y digo utópica en el sentido que el DRAE da a la utopía como “proyecto o plan que aparece como irrealizable en el momento de su formulación”. Se fueron del Ecuador por las razones que he mencionado y regresarán cuando estas hayan desaparecido. El principal motivo para su partida fue económico pero no el único y mientras subsistan las inequidades, la corrupción, el irrespeto a las instituciones, la falta de opciones educativas de calidad y de salud accesible, no creo que se entusiasmen con el retorno. En otras palabras, regresarán cuando el Ecuador les ofrezca no solo lo que ya han alcanzado sino algo más de lo que ya tienen afuera. Y lo que tienen es bastante.
Quienes se fueron han ido forjando en el exterior, con esfuerzo y sacrificio, un mejor futuro para si mismos y para sus hijos. Y muchos ya lo están disfrutando a pesar de la discriminación y la exclusión que sufren.
Han conseguido, y me refiero a España en particular, después de su sola regularización, educación y salud gratuitas y de calidad y una remuneración que difícilmente la alcanzarían aquí. En esas condiciones, me pregunto, ¿para qué volver si todavía reciben noticias a través de sus familiares y de los medios de comunicación sobre la inestabilidad, la crisis institucional, la confrontación social y la falta de oportunidades que subsisten en el país?
Estas reflexiones me llevan a la conclusión de que la solución al fenómeno migratorio no está en los países de destino. Su solución se encuentra aquí, en el Ecuador, en el país de origen.
Está en crear las condiciones sociales, económicas, de confianza, para que, primero, los ecuatorianos dejen de emigrar y, segundo, piensen en el retorno. Y esa responsabilidad no es solamente del Ejecutivo, es del Estado en su conjunto y de todos los actores sociales.
Caso contrario, como con acierto señala Gioconda Herrera, especialista en el tema, “el retorno es solamente un imaginario, una idea que se vuelve cada vez más lejana para quien debe tomar esa decisión”.