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Alguna vez un niño y un anciano decidieron salir de una aldea pasando por otros poblados. ¡Vaya a saber las múltiples necesidades que nos mueven a los campesinos!, ya sea a lomo de mula, buey o al no haber un jumento disponible ¡vale todo!, aunque con su parsimonioso paso haga más cansina la longitud de la llegada, pero al fin de alguna manera hay que cumplir con las obligaciones sino es hasta con el mismo peso de un cuerpo que está aprendiendo a pisar las inclemencias de la hosca naturaleza o con el agónico peso de los huesos que van para su descanso abriendo sendas y sendas, donde a veces nada parece posible aunque con la ayuda de un bastón anime a la senectud a dar sus pasos en este mancillado mundo, donde el hombre deja sus huellas. Los dos, abuelo y nieto pusieron sus pies sobre la tierra en compañía de Sandro, un borrico orejón que no perdonaba a las que de reojo en el camino lo provocaban inspiración lasciva. El abuelo al ver al niño desanimado, lo hizo montar primero para que no se canse y abandone su compañía. Todo en ese par de “hombres” modestos, parecía un menester más de sus cotidianidades, sin ninguna mala intención. El depreciado borrico caminaba cabizbajo hasta que no sienta el latigazo de su arriero. Y entre éstas y las otras, llegaron al primer pueblo. La gente a su paso admirada, especulaba: _ ¡Ahora son otros tiempos¡ vengan a ver. Cómo es posible que el muchacho siendo aún niño, no tenga energías que le anime a caminar. Eso es una infamia, dejar al pobre viejo que ya está en las últimas a pie, venir montado el mozuelo. ¡Santo Dios!, qué barbaridad. Uno y otro blasfemaban al ver lo que para su criterio no era justo. Tan cerca de los oídos del nieto y del abuelo resoplaba cada argucia, hasta que decidieron cambiar los papeles. Esta vez le tocaba al abuelo. Y camino tras camino iban a sudor limpio el niño y Sandro avanzando cada trocha. A pocos metros se avizoraba otro poblado, precisamente en el que pensaron cambiar otra vez de arriero y de carga. Al único que no le tocaba turno alguno era a Sandro por irracional. Así que llegaron al mencionado pueblo, campantes, sabiendo que a lo mejor ya se superaron esos inconvenientes, pero al cruzar la plaza, otra vez los murmullos ofendieron la aparente tranquilidad, con el subsiguiente argumento: _ No puede ser, vean al viejo montado en el burro y el pobre niño cansado a pie, sudando y a punto de desmayarse, ¡qué injusto es el mundo!, ahora se ve barbaridades, si todavía es un niño, para que este viejo descabellado se acomode él primero antes que el niño. Otra vez, las orejas de todos se explayaban de no entender lo que increpaban, que hasta el mismo Sandro los batía en SON de beneplácito, de sorna o de murmullo auscultador. Entonces esta vez decidieron cabalgar los dos sobre el burro. Quizá esto no sea motivo de malestar para la gente que vivía en el próximo pueblo y dejen por esta vez pasar inadvertido cualquier motivo o argumento. Abuelo y nieto entraron con la avidez de encontrar a una gente tranquila, motivada, alegre, menos ponzoñosa uno en las riendas que conducía al jumento y el otro en ancadas reluciendo una sonrisa de saber que faltaba poco para su arribo al destino que los esperaban. Pero los que en las plazas solo ven y critican a los que pasan no faltaron. A voz de indiscretos holgazanes decían: _ ¡Bájense por lo menos uno de los dos idiotas!, o van a matar al burro… ¡No puede ser¡, ¡qué barbaridad!, es lo único que faltaba, cómo va a ser justo que no consideren al pobre animal. Tales y cuales…. La ofensa les dio a este par de errantes, por aprender a buscar alternativas, para satisfacer a los que desde su comodidad no piensan otra cosa en la ofensa como el único recurso, así que decidieron llegar al último pueblo que les faltaba cargado a hombros a Sandro. Arribaron a este último, cansados, maltrechos, sudorosos, abatidos por el peso del animal con el último esfuerzo que los acudía. Prestos de espanto los curiosos se agolparon a insultos: _ Para qué es el burro par de imbéciles. No saben que este animal es de carga o los animales son ustedes? No les diera ni un vaso de agua por idiotaaaass. Tales y cuales…. Esta es una lección de los que no entienden o se hacen los que no entienden. Este pueblo es de Sandros, este mundo es de petulantes y atrevidos, este que se jacta de sabio, de “rebelde” sin ninguna causa, este “ilustrado” que está para denigrar a cambio de un sueldo se llama “medio de comunicación”. La televisión, la radio, los periódicos que no informan ni orientan porque se hartan solamente de rabia y blasfemia, los “periodistas” con pocas excepciones, estos que se nutren de su holgazanería y no entienden al otro. A ese otro que de alguna manera busca una alternativa para lograr lo propuesto. Porque son parte del capital y del aparato audiovisual. Hace pensar en la pesadilla de los amores fracasados que nunca se hicieron realidad, en un sueño de pertenencia aunque sea por un rato. Al principio ilusorio, vivificador, empeñoso. Lleno de las conspicuas aspiraciones que se desploma al saber que no responde al gesto de ese delirante enamorado. De ese que veía atravesarse en su pecho el deseo cálido y morboso por tenerlo a su amado a mano, al frente o a su costado; pesquisando lo que en su morbo quiere para soterrarlo cuando la encrucijada se torne en un traspié de mortificador aludido. Y no disimula su afrenta, cuando pronuncia sus escasas palabras de autoritario, de arrogante y burdo que no esconde su resentimiento, avivando sus vísceras. Patología o fuerte caldo de cultivo lucra el desencantado platónico. Que para ser opositor -¡no periodista!-, no hace falta acuñar blasfemias desde una herramienta que los da la oportunidad un patrón, un amo, o un jugoso salario. No hace falta “señores” apantallados tomarse un micrófono y eludir los retos que en la realidad os te ofrecen, porque muy cómodo es ser cicateros de rutina desde un sillón de un canal de televisión olvidando el oficio que los asiste, o desde su espacio de vocinglería que es desde una radio (exceptuando algunas). Los monstruos de la desventura se arriman a los poderosos escombros de la mafia para irritar a quien por razones de un mandato popular están en la contienda, pero con su misión a cuestas de lograr que se supere lo que el pueblo ha pedido y a venido siendo objeto de toda una andanada de ridículos que ahora son una simple afrenta de los pueblos utilizados por siglos de los siglos. ¡Arenguen enclaustrados de odio!, que las masas por mas ingenuas que hayamos sido, ya podemos entender vuestras macabras intenciones. Ustedes no son ningún “medio de comunicación”, no son periodistas, ni son los honrados por la buena fe y el deseo de quienes hemos sentido la opresión del bandidaje económico, de la explotación, de la miseria, del desigual reparto de la riqueza y el engaño atroz contra la que aún seguimos resistiendo. Sigan cociendo sus vejámenes de paupérrimos blasfemillos, que acá los campesinos, los azotados por el mal de la “aristocracia” parásita que nunca tuvo la capacidad de gobernar por entero a este pequeño pedazo de tierra llamado Ecuador, y menos para quienes hemos luchado por un mejor devenir como humillados. El siniestro alcalde (que torturaba en sus épocas de cachorro), se nutre del mayor presupuesto del Estado y patalea, se contorsiona porque nunca tuvo razón; sino solo fuerza para defender a los patriarcas endosados de dinero y rabia cuando en su tierra nadie da cuenta si lo vio nacer. Tierra pródiga de todos los ecuatorianos utilizada como bandera y escudo de sus intentos separatistas. Y están a sus órdenes su séquito, su cara e puñete cacofónico en su “Hora7”, su todopoderoso, invencible, arrogante, en “Contacto Directo”, y los tantos mezquinos que no hace falta nombrarlos en cada una de sus pocilgas virtuales echando por sus lenguas ensañadas toda la excrescencia venal que les emana. Las transformaciones sociales son muy necesarias y mucho más cuando los vientos nos levantan desde nuestra condición honrosa para no inclinarnos a abandonar lo que históricamente hemos buscado encontrar; las mejores formas de vida echando a los privilegiados de su asombroso patio de escombros fastuosos. Mientras los carroñeros sigan siendo aparatos serviles de la CIA, de la oligarquía y del capital viscoso que les chorrea por sus manos para prostituir a las instituciones, a las conciencias humanas, al ser que nos otorga la vida, sabiéndose desgraciados los corruptibles espacios públicos del Estado. Claro está que no hay que caer en la misma trampa, pero no es por demás decirlos que una parte de la sinceridad mía (de campesino humilde pero no humillado) no corresponde a ser partidario o no, de un gobierno, que asumiendo sus principios naturales de humanidad trata de comulgar con un pueblo ansioso de comprender qué va a pasar con esa esperanza que no se quiere ver desamparada. Juan Emar
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