| on 08-03-2010 06:04
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http://www.eltiempo.com.ec - Santiago.- Son las dos de la mañana y a Mónica Villegas el sueño no le llega fácil. Sentada en la puerta de su nuevo “hogar” –una carpa para dos personas- consume las horas conversando con su amiga Verónica Gómez, con quien le une una razón más fuerte que la tragedia del sábado anterior: ambas son madres solteras.
La hija de Villegas, de nombre Cielito, tiene apenas un mes de edad, y desde el 27 de febrero habita en un campamento de peruanos y ecuatorianos que improvisaron en la Plaza Yungay, una zona tradicional del centro de Santiago. La hija de Gómez, en cambio, cumplió 14 días de nacida la madrugada de ayer. Es decir que de apenas nueve días de nacida, ya se mudó a vivir como una total indigente luego de ocurrido el terremoto de 8.8 grados en la escala de Richter, el peor de los últimos 50 años ocurrido en el Cono Sur. Las dos mujeres son peruanas. Villegas es “garzona” en un restaurante, mientras que Gómez se autodenomina “asesora de hogar”. Aunque la primera llegó hace dos años y la segunda hace 13, ambas compartían la misma cité, como llaman en Santiago a los “conventillos”. La casa de arriendos fue clausurada por el municipio de Santiago, y desde el fin de semana anterior se mudaron a este “campamento de refugiados” sin que nadie les diga hasta cuándo. Enfado “Nos han fotografiado, filmado y grabado, ¿pero nosotros qué sacamos de ello? Por lo menos ustedes venden más periódicos”, dice con evidente enfado Andrea –nombre cambiado por pedido expreso- y ello es aseverado por su esposo. Ella es ecuatoriana y él chileno. Evitan dar sus nombres porque no quieren que se enteren de su situación sus parientes en Ecuador. “Nosotros no pensamos en retornar; sería como traicionar los objetivos por los que vinimos”, dice la mujer. Hay algo, aparte del abandono, que les indigna: a pesar de que evacuaron las cité, los propietarios llegaron dos días después del terremoto para cobrarles el arriendo. “En algunos casos nos han cobrado las garantías; en mi caso fueron 137 mil pesos”, dice Andrea, que también se dedica a “asesora de hogar”. Quienes más ayuda han prestado son las organizaciones no gubernamentales, como Caritas y Hogar de Cristo. Sin embargo temen que el Municipio decida desalojarlos y no sabrían a dónde ir. “Somos 15 familias solo en Yungay, eso es mínimo cuatro personas por familia”, dice Andrea. Por lo menos el clima es benigno. A finales de marzo termina el verano y las noches serán más frías. Por la parte oficial no hay ninguna resolución al respecto. Lo dice Marcela de Naranjo, editora de sección de diario El Mercurio de Chile, que en su edición del jueves denunció el cobro de pensiones a los damnificados que están alojados en las calles. “Eso indigna, tratan de aprovecharse de la desgracia de los inmigrantes pese a todo lo que está pasando, dice Marcela, una guayaquileña que logró superarse en este campo. Réplicas En medio de todo esto, los chilenos siguen soportando las réplicas del terremoto del 27 de febrero. La tarde del miércoles, cuando ocurrió un fuerte temblor de 6.1 grados en la escala de Richter, los semáforos y los cableados eléctricos fueron las primeras alertas para quienes no se encontraban en edificios altos. En la noche, con otra réplica que rayó los 5 grados, los habitantes de Santiago se pusieron más a la expectativa. “Lo primero que hay que hacer es abrir la puerta, para evitar que se trabe si el sismo se complica”, dice Cristinas Cáceres, cuencano, mientras se mantiene de pie junto al umbral de la puerta en su departamento del tercer piso del edificio ubicado en el sector Los Héroes, en el centro de la ciudad. A pesar de que la réplica terminó –dejando una sensación de mareo para quien lo experimenta por primera vez- prefirió dejar abierta la puerta “unos minutos más”. Obras de reconstrucción por todo lado Santiago soporta una actividad febril. Cuadrillas de trabajadores amontonan los materiales desprendidos por el terremoto y sus réplicas en calles y avenidas. Con el temblor de la tarde del miércoles, una pared colapsó en el aeropuerto y nuevamente se encendieron las alarmas. En las avenidas de acceso, donde muchos pasos peatonales colapsaron, obreros intentaban retirar las estructuras inservibles para normalizar la circulación vehicular. Por una disposición municipal, los propietarios de edificios de departamentos deben contratar inspectores para que entreguen un informe del estado de las estructuras tras el terremoto. Igual en establecimientos educativos. En las tres terminales de buses la actividad tiende a normalizarse, pero no hay suficientes cupos por la demanda para viajar al sur, a la zona devastada. Las empresas de transporte salen hasta las primeras horas de la tarde para evitar llegar a su destino en horas en las que rige el toque de queda, especialmente en la región de Concepción, la más afectada. Y aunque los chilenos ponen todo de su parte para normalizar su vida, los movimientos inesperados de todos los días llegan como para recordarles que la única que decidirá cuándo terminará esto, es la madre naturaleza. Campamentos Otras plazas en las que están instalados campamentos improvisados con Brasil, Grajale y a lo largo de la avenida España. Allí están ecuatorianos y peruanos. Temor Ciertos damnificados empiezan a mostrar su reticencia con los medios de comunicación, porque sienten que pese a las entrevistas diarias, la ayuda no llega. Quienes se instalaron en plazas y parterres, con carpas que les son ajenas, vivían en las cité, que es equivalente a los “conventillos” que existen en Ecuador. |