No dejamos de conmovernos cuando leemos noticias como aquella sobre los 54 birmanos ‘sin papeles’ muertos por asfixia en un frigorífico, cuando intentaban entrar clandestinamente a Tailandia. La vida es el precio más alto que puede pagar un ser humano en su intento por mejorar sus condiciones, en un entorno mundial cada vez más hostil para los migrantes, paradójicamente en plena globalización.
Los ecuatorianos no somos ajenos a un fenómeno que se torna más complejo en la medida en que las condiciones económicas de los países receptores se vuelven menos favorables. La migración a Europa en general, y a España en particular, ha dado a la luz historias individuales que difícilmente trascienden en otros destinos como Estados Unidos, donde para vivir como persona de segunda hay que superar primero peripecias que lindan con la muerte.
Es en España, precisamente donde están en pleno funcionamiento los Centros de Internación, donde la Policía detiene provisionalmente a los extranjeros en situación irregular, antes de, usualmente, expulsarlos. La denuncia coincide con un dato revelador de Amnistía Internacional: el racismo y la xenofobia crecen en ese país, frente al poco interés de las autoridades.
Por supuesto, sería injusto mirar solo desde ese ángulo la emigración hacia España. Se debe reconocer que ese país ha tratado de clarificar lo mejor posible la inserción de mano de obra extranjera en su economía. Esto ha abierto espacios de trabajo a los ecuatorianos, con todas las ventajas y desventajas que implica. Eso en cuanto a los ecuatorianos como emigrantes. ¿Y qué como receptores de inmigración, especialmente de la más numerosa, la colombiana? En los últimos años ha habido varios capítulos difíciles, aunque la crisis actual, a raíz de la incursión militar del 1 de marzo, es seguramente la más dura. ¿Hay indicios que llevan a advertir el peligro de actitudes xenofóbicas?
Es difícil discernir si hubo algo de esto en el ajusticiamiento de dos supuestos delincuentes en San Vicente, Manabí, pues hasta hoy se ha identificado como colombiano solo a uno de ellos; por lo demás -y eso es lo más escalofriante-, ese procedimiento extrajudicial se aplica desde hace tiempo indiscriminadamente. Es también preocupante el caso del colombiano que, bajo la supuesta acusación de robo en una cabina telefónica en Quito, terminó con quemaduras en la mitad de su cuerpo, con la presunta complicidad de la Policía.
El viernes terminó en Cuenca un foro latinoamericano sobre migración, que entre otras cosas proclama el respeto a los derechos humanos de los migrantes y sus familias. Algo que coincide plenamente con los enunciados sobre los derechos individuales que forman parte de los primeros textos constitucionales elaborados por la Asamblea para marcar distancia con el pasado.
¿Estamos más preocupados de los argumentos de los políticos que de la vida real, de la teoría antes que de la práctica? ¿Qué dicen los silenciosos organismos de derechos humanos, ocupados en hacerse eco de posiciones ideológicas y políticas antes que de su tarea básica?