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transnacional, para garantizar la incorporación de los derechos de las personas en
situación de migración y sus familias, en las comunidades de origen y destino, en Ecuador, en España
y en el mundo.
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Queremos una sociedad sin prejuicios, sin estigmas, sin actitudes de racismo, xenofobia, discriminación, exclusión, acoso y violencia en razón de la situación migratoria de cada persona.
El Papa aprovechó la oportunidad de estar en la Casa Blanca para abogar ante el Presidente Bush por la causa de más de 12 millones de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos, al menos, eso dicen las notas.
Luego, en un encuentro en la Basílica de la Inmaculada, el Papa pidió a los obispos católicos de Estados Unidos “dar la bienvenida a los inmigrantes y apoyarlos en sus necesidades y sus esperanzas”.
Así fue como el futuro de millones de inmigrantes que, en buena medida, garantizan el renacimiento y el porvenir de la Iglesia católica en Estados Unidos, se convirtió en uno de los temas clave de su encuentro privado con el Presidente Bush, donde ambos coincidieron en la necesidad de procurar “políticas coordinadas en materia migratoria, para garantizar el trato humano y el bienestar de las familias de inmigrantes.
En un comunicado que no arrojó mayor luz sobre el tono, ni sobre el intercambio de opiniones, la Casa Blanca se limitó a consignar la discusión de un capítulo extremadamente sensible en plena campaña electoral. Para caracterizar el encuentro del Pontífice con el Presidente en la Oficina Oval se organizó el encuentro privado, donde el tema de la inmigración indocumentada fue introducido por el mismo Bush y complementado por Benedicto XVI con la necesidad de impulsar el progreso y el desarrollo de América Latina.
Después de una ceremonia en la que el Papa fue felicitado por su 81 cumpleaños con un coro que cantó “Happy Birthday”, la Casa Blanca emitió un comunicado para asegurar que durante su encuentro, Benedicto XVI y el presidente Bush reiteraron, además, su compromiso común contra el terrorismo y la defensa de la vida, y mostraron su preocupación por la situación en Irak.
Ambos dignatarios externaron asimismo su preocupación por la “manipulación de la religión para justificar la muerte de inocentes”, y se pronunciaron en favor de “una solución al conflicto palestino–israelí”. Poco antes, el papa Benedicto XVI se había dirigido a una multitud de casi 10 mil personas para pronunciarse en favor de “una diplomacia paciente para resolver conflictos”.
El mensaje, interpretado como una crítica velada a la guerra en Irak, se convirtió así en la única nota discordante en una ceremonia de recepción sin precedentes en la Casa Blanca.
El presidente Bush, a su vez, pidió al Papa hacer un frente común contra el “fanatismo religioso y el terrorismo”, y declaró en tono solemne que “toda vida humana es sagrada”.
La frase de Bush, una velada referencia a la cuestión del aborto, se produjo al mismo tiempo en que la Corte Suprema de Justicia votaba en favor de la inyección letal, por considerar que “no es un método cruel ni anticonstitucional”.
Poco después, el Papa se trasladó a la Nunciatura Apostólica para celebrar su 81 cumpleaños con un almuerzo “italiano”.
De este modo, la cabeza del mayor grupo cristiano y el gobernante de la nación más rica del mundo se encontraron en una de esas reuniones en que el protocolo es más importante que los asuntos que -supuestamente- se tratan. Lo de “supuestamente” es porque, en general, nada importante se resuelve en tales encuentros. Así ocurrió esta vez. El problema de los indocumentados -presuntamente uno de los temas más importantes de la agenda- fue tratado sin profundizar, ni decidir nada. Eso queda para reuniones de altos funcionarios en “petit comité”.
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