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El trabajo de servicios con contratos precarios, el trabajo autónomo subordinado a una empresa con o sin alta en la seguridad social, el trabajo doméstico en condiciones de ilegalidad realizado por mujeres migrantes, el trabajo de la construcción con inmensa mayoría de migrantes con o sin papeles, el trabajo sexual en condiciones de invisibilidad y máxima vulnerabilidad realizado por mujeres migrantes, el trabajo de información o creación, sometido al chantaje del «cese la colaboración», individualizado, expropiado de su producción por las «marcas» y logos de empresa, de museo o de agencia de publicidad...
¿Cuáles son los nombres y las nociones comunes de esta galaxia interminable? ¿Sólo condiciones negativas, patologías de la cabeza y del cuerpo, miedo y desprecio de sí mismos, porque salvo eso nada habría en común, sálvese quien pueda? Quienes así lo afirman primero tienen que demostrarlo. Y van a tenerlo difícil si pretenden agarrarse a algo más que el catálogo de pasiones tristes de la explotación, la pobreza, la desposesión de derechos, la soledad y la culpabilización, catálogo ideal para quienes, desde la empresa o la administración, de buena gana quieren hacerse cargo de estos supuestos excluidos para ayudarles a superarse en la «formación continua», el «reciclaje profesional», el «autoempleo» o las mil y una figuras de la movilización general mediante el miedo y la esperanza.
Porque en el terreno de los hechos, en el de las realidades cotidianas que nos introducen al cómo y quiénes producen mercancías, pero también formas de vida y relaciones y reproducen las distintas formas de capital, pero también los cuerpos, los saberes, las capacidades de cooperar, de afectar y ser afectados en nuestros pueblos, ciudades y metrópolis, lo que más llama la atención es el ruido ensordecedor de una paradoja: que condiciones de cooperación en el trabajo o en la actividad social general que presuponen dimensiones comunes, compartidas, comúnmente alimentadas y reproducidas (desde las estructuras educativas, sanitarias, de transportes, de telecomunicaciones, a los flujos de riqueza antropológica, cultural y afectiva que se concentran y metamorfosean en ciudades y metrópolis), se vivan, en el registro de la «economía», como escasez, inestabilidad y «crisis económica», mientras en el registro de las formas de autorrepresentación y autoafección de los sujetos de la precariedad reinan las condiciones de tristeza y masoquismo generalizado que hemos citado más arriba. ¿Será que las identidades actuales de excluidos y precarios, necesarias para sobrevivir, son al mismo tiempo funcionales las nuevas formas de explotación de las poblaciones subalternas de nuestras ciudades y metrópolis?
II
«No te fíes de nadie que te hable en tono grave de “crisis económica”». El imperio de la economía como gobierno de la escasez, despótico, jerárquico y necesariamente productor de desigualdades se sostiene cada vez más lejos de cualquier apoyatura científica, ética o sencillamente práctica. Tanto en el Norte como en el Sur del planeta. Por eso sólo el sarcasmo y la carcajada pueden ser herramientas de respuesta adecuada a la retórica de la «crisis» que nuestros Solbes y Zapateros manejan con semblante grave. Repitamos con gemidos y llantos: «Sí, sí, ha sido culpa nuestra; no nos hemos moderado, que estalle de una vez la crisis, que nos retuerza aún más el pescuezo y nos quite la respiración y hasta las ganas de pensar en nuestra suerte»... Como si no hubiéramos tenido bastante: hace más de 40 años que se llama «crisis económica» a la inflación de deseos, a la consolidación de los derechos frente al capital, a la resistencia colectiva contra el peso de la economía (del capital, del beneficio, del sistema de partidos) sobre nuestras vidas.
La derrota política y cultural del movimiento obrero dio paso a esta derrota del significado de las palabras, de la capacidad de dar nombres comunes a las experiencias más singulares de cada uno de nosotros en el encuentro con la economía, con la necesidad de trabajar para vivir y de convertirse en un individuo competente y en competencia para sobrevivir.
Así que nada de «crisis»: lo que hace falta en primer lugar son nuevas reglas, una exposición del problema que se adecúe a los datos del problema, inscritos, como en la máquina de ejecutar de La colonia penitenciaria de Kafka, en nuestra piel de precarios y deficitarios en derechos sociales. Vayamos al grano: la contracción de salarios; la ausencia o el incumplimiento de derechos laborales y sociales; el trabajo y la vida bajo régimenes jurídicos heredados del derecho colonial en el caso de los migrantes, en definitiva, las condiciones que definen la precariedad del trabajo y de los derechos sociales son el principal dato explicativo del «milagro económico español».
Y lo cierto es que no era necesario que fuera así. Sencillamente se trata de la condición que quienes gestionan, controlan y distribuyen el capital han impuesto desde hace ya mucho tiempo para realizar sus inversiones y «crear empleo»: «sin precariedad, sin división de la fuerza de trabajo, sin penuria de derechos, inseguridad y miedo, nosotros no invertimos. Y además no queremos devolver nada a través de impuestos, contribuciones a la seguridad social... eso se tiene que acabar».
Como no hay ninguna fuerza o agencia política que en la actualidad esté en condiciones de impugnar su dominio, sus convenciones resuenan en las cabezas como «leyes de la economía». De estas cosas no habla, no dice nada el «republicanismo cívico» de Zapatero.
III
El espacio político de la precariedad se abre cuando luchas, resistencias y tentativas de éxodo frente a la precariedad comienzan a ser capaces de enunciar un agravio y un intolerable común en las condiciones de vida individual y colectiva precarias, y de dar en el encuentro, la alianza y la composición, los nombres comunes que dan consistencia a un nosotros afirmativo en/contra de la precarización de la vida.
La tristeza e impotencia que demuestra la izquierda parlamentaria no es nuestra. Tenemos entre manos un importante desafío que nos exige valentía, lucidez y generosidad para construir un común novedoso y necesariamente heterogéneo.De forma timida, incipiente, difusa avanzamos hacia una nueva etapa, donde imaginar una “gran alianza de los precarios”, un ciclo de creación de nuevos espacios de politización de la vida, de movilizaciones conjuntas que recompongan un polo de oposición social en las calles.Comenzar a poner en la boca de los nuevos sujetos sociales así como de una amplia mayoría de los precarios el horizonte de una Huelga contra la Precariedad.
Este artículo fue escrito para el manifiesto elaborado para su distribución en el MayDay-Málaga 08
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