| on 25-08-2010 11:03
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http://www.eltelegrafo.com.ec - Desde los cuatro años conoció que la cosa iba en serio. Su existencia quedó marcada por la muerte de su madre y realidad del maltrato. Huyó de casa, sin embargo, no pereció.
Mercedes Cisneros ríe poco y habla como si escondiera la voz, con susurros. Tiene demasiadas cuestiones atravesadas en el alma. Llora cuando recuerda situaciones de su infancia, a la cual califica de terrible, complicada... Pero el llanto le dura nada. La risa es su barrera protectora contra los peligros que tiene vivir. Se sienta afuera de su casa con actitud simple. Desde adentro se escuchan boleros. Es sábado y los niños del barrio circulan como en una feria de pueblo. Ella estaba cocinando y tiene las manos mojadas. Interrumpió el almuerzo. Sorprendida por algunas preguntas, se pone nerviosa. Prefiere callar y pensar. No quiere decir algo de lo que luego se tenga que arrepentir. Relata que le dicen Mechita y que su vida no tiene nada de interesante. Que las dificultades forman parte de la existencia de todos. Nadie se salva. Sin embargo, parece que ella se salvó, aunque los fantasma la rondan, le hablan de aquello que Mechita conoce bien, porque el dolor está escondido en su pecho. Tengo arritmia cardíaca, me saben dar unos dolores feísimos, dice poniendo su mano en el lado izquierdo. Baja la cabeza y se esconde en susurros. Habla con ella mientras observa las plantas de su jardín. Yo quedé sin mamá a los cuatro o cinco años. Me crié con una tía, terrible. Diga usted, si la misma hija se fue a los 14 años de la casa de su mamá. Porque mucho la castigaba. Si así era con la hija imagínese cómo era conmigo, luego silencio. El relato continúa con esa hija escapando al Oriente ecuatoriano. Después apareció con 23 años y una niña, hija de alguien que no se supo quién era. Mechita también quería huir. A veces se escapaba a donde su hermano mayor, que tenía doce años. Pero esa tía la obligaba a volver. Las escapadas se repetían y la situación se volvió insoportable. La tía decidió llevarla a Píllaro, un pueblo en la Sierra a unos cuantos kilómetros de Ambato. En el camino me iba diciendo. Anda viendo bien, porque de aquí no te vas a escapar. De allá me vine, porque me iba a dar con un palo de escoba. Cada cosa que se rompía quería sacármela de mi cuerpo. Enseña unas marcas en sus piernas. Huyó sin dinero. Vagó por la carretera como pordiosera hasta que una indígena le dio posada en una choza. Al día siguiente la condujo hasta el camino que llevaba a la ciudad y le regaló 25 centavos, con los cuales compró un puñado de mote cuando llegó a Ambato. Tenía once años. La vida se le abría. Para evitar el maltrato decidió internarse en un hogar de señoritas en Guayaquil. Un día su tía, que no había dejado de buscarla, se enteró de su paradero. De allá me fue a sacar. Que no me iba a pegar, eso le dijo a la directora. Y cuando ya llegué a la casa, prendió unos papeles de periódico porque me iba a quemar los pies. Más silencio y su mirada que huye de los malos recuerdos. Aguantó. Sobrevivió. Pasó por encima de muchas cosas. Con su propio esfuerzo estudió y se convirtió en modista. Trabajó. Trabajó mucho. Viajaba a la Sierra y compraba mercadería. Entregaba ropa en las tiendas; a sus amigas. Tenía la obligación de existir porque adoptó a la hija de esa prima que regresó del Oriente. Ella murió y la criatura quedó huérfana. La dejó con la abuela. Después la vida siguió como siempre. Mechita se endureció y se casó. Pero... no he tenido niños, ni uno. Tengo un niño que no es mío. Ese niño me ha dado seis nietos, pero en diferentes mujeres. Madre no es la que pare sino la que cría. Para mí mi hijo es todo. Mechita lo cogió cuando él tenía unos doce años. La madre biológica de quien ahora se llama Santiago Velasco Cisneros y tiene 41 años, es Marina Caicedo Huila, nativa de Esmeraldas, debe tener 60 años. Mechita lanza una plegaria. Yo no quería que me lo quitaran hasta que él estudie, hasta que sea algo. Se graduó en el Joaquín de Olmedo y lo puse en la universidad Católica. Pero ya estoy vieja y enferma. Lo mío es de un momento a otro. Mi corazón no late como debe de latir. Tiene miedo de morir y que ellos no se encuentren. |