México: El hermano del camino

Diego Alarcón Rozo - Elespectador.com -           

El padre Alejandro Solalinde dejó de sentir miedo hace bastante tiempo. Que le dijeran que lo iban a matar no era extraño para él, que una mujer se le acercara en Ciudad Ixtepec para decirle hace días que ya había un sicario contratado para dispararle, no resultaba ninguna noticia. Este último detalle, sin embargo, fue demasiado diciente para la gente que se ocupa de su seguridad y varias organizaciones como Amnistía Internacional, que le recomendaron salir tan pronto como pudiera de México. Era la sexta amenaza de muerte en los últimos dos meses.

Costó convencerlo, porque a Solalinde le sobra fe en su causa, en la de tenderles la mano a los migrantes ilegales que se desplazan por el país intentando llegar hasta el norte. Su misión de vida tuvo un giro en 2006, cuando decidió crear un hogar de paso exclusivo para migrantes. Entendía perfectamente el desarraigo, les daba comida, les daba agua para lavarse, techo también. Para todos abrió las puertas de su casa, el Albergue Hermanos en el Camino, sin importar que a veces las camas no fueran suficientes.

El padre Solalinde escogió a los inmigrantes porque eran seres de nadie, a quienes pocos miraban: “Ya verás que si son inmigrantes ilegales es porque a lo mejor están buscando su futuro. Pero los retienen, los torturan, los extorsionan y se comunican con sus familias para cobrar por su liberación. En otros casos los masacran”, explicó el sacerdote en reciente diálogo con El Espectador.

Él escogió Ciudad Ixtepec, en el sureño estado de Oaxaca, para su proyecto, y las organizaciones criminales le apuntaron pronto, por entorpecer su “trabajo”. Solalinde recuerda cuando intentaron prender el hogar en llamas, cuando algún miembro de una mara le dijo que se marchara, cuando la policía le recomendó dejar de beber agua del grifo porque podría estar envenenada.

Si se le pregunta quiénes son los culpables de la situación, el sacerdote dirá que son Los Zetas, “los zetitas que colaboran con ellos”, algunos funcionarios públicos locales que trabajan para los criminales. Sobre su nombre han pesado acusaciones de complicidad en la migración ilegal y de tráfico de personas, pero ningún proceso ha logrado inculparlo. Dice que al menos con su ayuda a alguien han dejado de asesinar y extorsionar.

La amenaza que esta vez lo obliga a abandonar México no lo borrará de Ixtepec. El hogar seguirá funcionando, aconsejando a sus visitantes desconfiar de todo, no meterse en cantinas y alejarse de los sospechosos. Solalinde se va por varias semanas esperando que baje la marea violenta y lo hizo saber de manera muy clara en la rueda de prensa que citó para anunciar su partida, que es prudencia: “Yo voy a volver. Lo siento mucho, mejoren o no las condiciones. No tengo miedo. Se lo repito: no tengo miedo”. Después de todo, “mi vida es como un juego de naipes”. “La misión no se bota, la misión no se abandona. Nada ni nadie nos va a detener. La vida es poco para defender a esas personas”.

El padre Solalinde pasará los días en España y Norteamérica, ese lugar al que sus visitantes pretenden llegar algún día en su travesía de riesgo. No le será posible ofrecer eucaristías en el patio del albergue, bajo un techo de láminas, pero al menos dice que tendrá pendientes a los migrantes. Para preocuparlo sólo bastan las cifras: Según la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), el año pasado fueron secuestrados 11.333 inmigrantes en México (44% hondureños, 16% salvadoreños, 11% guatemaltecos, 10% mexicanos). Son casi 63 raptos diarios.

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