Opiniones: Vaticinando la Cangrejada a la ecuatoriana

Luis Fernando Fonseca - periodistas-es.org -           
 
En una cadena sabatina de televisión al presidente Rafael Correa se le ocurrió hacer una metáfora de los migrantes por demás grosera y decidora. En una olla de cangrejos la envidia de unos a otros hace que cuando un avezado logra trepar al borde para salir, otro lo jala inevitablemente. Todos, o ninguno. Nadie puede sobresalir: —imagínense, cuando un ecuatoriano sale del país a trabajar, debe competir y cuidarse de sus compatriotas antes que de los habitantes de esa otra nación.
 

Poco edificante, la parábola anti-envidia, pro-solidaridad de Correa es verosímil puesto que los ecuatorianos tenemos esa idea de que nos irá mal en lo que ‘emprendamos’ –el marketing hizo maldita esta palabra– en tanto nos aplaste la arrogancia de quienes se vean superados por nuestra impronta creativa o rara invención.
 
En el país sudamericano es fácil imaginar a un tipo denostando una propuesta porque asume que quienes la ejecutan lo hacen solo “por llamar atención”. Más simple es suponer que alguien encuentre a cualquier proyecto “interesante, pero no tan bueno como el de...” O escuchar aquella cínica frase de “yo lo haría mejor pero...”
 
En fin, dentro del oficio también se dan estas experiencias aunque solemos intercambiar artículos entre periodistas, ufanarnos de ellos hasta reconocernos entre nosotros mismos como para que no se note la ausencia de lectores, televidentes o escuchas. Prevalece, en este campo, un espíritu de cuerpo que ha blindado a gremios de trabajadores de los medios haciéndolos invulnerables a la crítica. Y esa arrogancia de “yo por lo menos escribo, por lo menos publico, por lo menos digo” se parece más al capricho de quien se ve protegido por el escudo irreflexivo de un sindicato que a quien practica –o ensaya– el oficio más humano del mundo, el periodismo.
 
Por otro lado, hay quienes se molestan con la manifestación, palabra o bulla de los otros más que con el silencio al que están confinados. “Para qué escribes eso si nadie hará caso, en este país de no-lectores, de gente vaga que solo gusta del fútbol y de la borrachera los fines de semana” ¡Puras mentiras!: Falso lo de la indiferencia porque para acallarte deberán tomar en cuenta aunque sea tus titulares; falsa la vagancia porque hacen más esfuerzo al criticar y difamar que al proponer; falso que no lean porque el Extra (tabloide amarillista) sigue vendiéndose como pan (caliente y barato) al igual que las revistas del corazón –al estilo Familia– o los libracos de autoayuda y superación que tienen el mismo tono, prosa y hedor que los de divulgación religiosa; falso lo del fútbol y la borrachera porque no se limitan al fin de semana si no a toda hora, cualquier día... si es viernes, mejor.
 
“Pura especulación” acusaba un contertulio nunca respetado –¿por qué considerar a quien cree que todo lo que se dice por fuera de lo convencional son patrañas?– Contra él, contra ellos, seguiré pensando, especulando, desaviniendo. No me duele la cabeza ni las posaderas al escribirlo, el mejor analgésico es la expresión.
 
—Pero si a este tipo nada le simpatiza, no se conforma—dice la televisión, el Facebook, la vecina... me importa poco porque omitir la sentencia para el que dice representar las buenas maneras, costumbres y apariencias es peor que equivocarse. Y la cobardía no se enmienda. -        
En una cadena sabatina de televisión al presidente Rafael Correa se le ocurrió hacer una metáfora de los migrantes por demás grosera y decidora. En una olla de cangrejos la envidia de unos a otros hace que cuando un avezado logra trepar al borde para salir, otro lo jala inevitablemente. Todos, o ninguno. Nadie puede sobresalir: —imagínense, cuando un ecuatoriano sale del país a trabajar, debe competir y cuidarse de sus compatriotas antes que de los habitantes de esa otra nación.
 
Poco edificante, la parábola anti-envidia, pro-solidaridad de Correa es verosímil puesto que los ecuatorianos tenemos esa idea de que nos irá mal en lo que ‘emprendamos’ –el marketing hizo maldita esta palabra– en tanto nos aplaste la arrogancia de quienes se vean superados por nuestra impronta creativa o rara invención.
 
En el país sudamericano es fácil imaginar a un tipo denostando una propuesta porque asume que quienes la ejecutan lo hacen solo “por llamar atención”. Más simple es suponer que alguien encuentre a cualquier proyecto “interesante, pero no tan bueno como el de...” O escuchar aquella cínica frase de “yo lo haría mejor pero...”
 
En fin, dentro del oficio también se dan estas experiencias aunque solemos intercambiar artículos entre periodistas, ufanarnos de ellos hasta reconocernos entre nosotros mismos como para que no se note la ausencia de lectores, televidentes o escuchas. Prevalece, en este campo, un espíritu de cuerpo que ha blindado a gremios de trabajadores de los medios haciéndolos invulnerables a la crítica. Y esa arrogancia de “yo por lo menos escribo, por lo menos publico, por lo menos digo” se parece más al capricho de quien se ve protegido por el escudo irreflexivo de un sindicato que a quien practica –o ensaya– el oficio más humano del mundo, el periodismo.
 
Por otro lado, hay quienes se molestan con la manifestación, palabra o bulla de los otros más que con el silencio al que están confinados. “Para qué escribes eso si nadie hará caso, en este país de no-lectores, de gente vaga que solo gusta del fútbol y de la borrachera los fines de semana” ¡Puras mentiras!: Falso lo de la indiferencia porque para acallarte deberán tomar en cuenta aunque sea tus titulares; falsa la vagancia porque hacen más esfuerzo al criticar y difamar que al proponer; falso que no lean porque el Extra (tabloide amarillista) sigue vendiéndose como pan (caliente y barato) al igual que las revistas del corazón –al estilo Familia– o los libracos de autoayuda y superación que tienen el mismo tono, prosa y hedor que los de divulgación religiosa; falso lo del fútbol y la borrachera porque no se limitan al fin de semana si no a toda hora, cualquier día... si es viernes, mejor.
 
“Pura especulación” acusaba un contertulio nunca respetado –¿por qué considerar a quien cree que todo lo que se dice por fuera de lo convencional son patrañas?– Contra él, contra ellos, seguiré pensando, especulando, desaviniendo. No me duele la cabeza ni las posaderas al escribirlo, el mejor analgésico es la expresión.
 
—Pero si a este tipo nada le simpatiza, no se conforma—dice la televisión, el Facebook, la vecina... me importa poco porque omitir la sentencia para el que dice representar las buenas maneras, costumbres y apariencias es peor que equivocarse. Y la cobardía no se enmienda.

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